Hace apenas unos años me parecía que todo lo que tenía que ver con ciencia ficción era en extremo catastrofista: que si las máquinas nos dominaban en matrix y que nos hacían sus “esclavos energéticos”, que si en soylent green nos comíamos a los viejitos, que si en Hyperion habíamos acabado hasta por cambiar la tierra de lugar… etcétera, etcétera, un muy largo etcétera.
Un día de esos llegó a mis manos el primer libro de Asimov que leí, precisamente Bóvedas de Acero. Ubicado temporalmente en el siglo 47 de la tierra, los humanos viven como ratas en ciudades – estado a las que literalmente no les pega ni el sol, dentro de sus cúpulas los humanos sobreviven extremadamente racionados y con alimentos que son casi en su totalidad derivados de “levaduras”, toda la gente es agorafóbica (tiene miedo a los espacios abiertos, por que creen ser incapaces de sobrevivir al aire libre) y sienten particular desconfianza por las nuevas tecnologías, en este caso son los robots positrónicos (solo para aclarar, por si se lo preguntaban, no, no vi la película “Yo, Robot” por parecerme en extremo de mal gusto). El asunto es que en tales condiciones de hacinamiento los seres humanos casi no tienen contacto entre ellos, los baños son comunales y es en extremo “descortés” dirigirse a otras personas casi en cualquier momento… A duras penas y es “tolerada” la comunicación con la familia.
El asunto es que, además, en este libro existe una variedad humana (denominada “los espaciales”, al menos en esta traducción) que son los que viven en mundos exteriores con tecnología de punta y que no presentan enfermedades, por lo que se dice que temen a los humanos por su alto contenido en gérmenes patógenos, dado que los espaciales al no estar en contacto con éstos, no tienen inmunidad.
El punto es que haciendo gala de esa clavadez característica, si bien aun no vivimos en bovedas subterráneas, si es cierto que cada vez el contacto es menor, que dependemos cada vez más de la tecnología y sin embargo nos negamos a acogerla productivamente en nuestro entorno, la tecnología nos gusta siempre que no la veamos, o sintamos que no está ahí. No dirigimos la palabra prácticamente a nadie (es bien chistoso como me ven raro cada vez que digo “con permiso” para pasar cuando alguien está en mi camino) y la existencia de reproductores portátiles nos hace casi casi inmutables ante lo que pasa fuera de nuestros audífonos.
Tal vez (y solo tal vez) la tierra no nos dure hasta el siglo 47, incluso es probable que nunca colonicemos ningun mundo exterior ni antes ni después de esa fecha, incluso es probable que nunca desarrollemos tecnología como el “robot positrónico”, lo que es un hecho es que al paso que vamos no vamos a tener muchas opciones que no sean vivir bajo bóvedas de acero (o concreto, o lo que sea) dado que el exterior va a resultar tan agreste que será imposible sobrevivir en él. La temperatura, el CO2, la población y otros tantos factores al acenso, mientras que los alimentos, el agua potable, los medicamentos etcétera en notable estancamiento e incluso hasta en decenso; nos obligan a pensar en que nos quedan pocas opciones para hacer “algo”.
El futuro, visto desde los ojos de Asimov (y de otros tantos autores) no es esperanzador. Pero no podemos olvidar, por ejemplo, el viaje a la luna desde los ojos de Verne, el contacto con otras especies visto en “encuentros cercanos del tercer tipo” y un largo etcétera, de noticias que si bien no son prometedoras de un futuro mejor, al menos no son tan catastrofistas como otro gran número de malas noticias que recibimos de la ciencia ficción.
La ficción es solo eso: ficción, pero en nuestras manos está el hacer que no se la ciencia ficción no se vuela ciencia aplicada.
Y es que ya lo dijo aquel: México es el único país del mundo en el que el surrealismo es real…
Saludos.


Te inspiraste, me agradó bastante la alusión a tantas obras geniales de la ciencia ficción.
El AH1N1 se convirtió en la excusa perfecta para muchos de no acercarse a nadie y sumergirse en su “burbuja antiséptica social”… El síndrome de Monk (que en él es graciosísimo por tratarse de una psicopatología asumida) se ha contagiado a millones de personas que de por sí necesitaban pocos pretextos para ver al mundo con cara de fuchi. Sigo pensando que el manejo mediático en lo que respecta a la influenza de cualquier tipo se ha convertido en una forma más de control político a través de la ciencia y la tecnología… Ese Foucault y sus letras certeras.
Saludos.
No necesariamente los escenarios que plantea la ciencia ficción son catastrofistas; pero, siguiendo el símil, creo que muchos han señalado la configuración de un estado totalitario como en la novela 1984 de George Orwell. Hay que tomar en cuenta que muchas decisiones políticas han incidido negativamente en el cuidado del medio ambiente.